Aclaratoria Importante

Este blog, acaba de cambiar de nombre, porque el de "Trinchera Literaria" fué cedido al colectivo de letras al cual pertenezco. No obstante los objetivos permanecen intactos, espero seguir contando con sus visitas

domingo, 30 de abril de 2017

Sólo la muerte. De Pablo Neruda

Un bello trabajo de este genio latinoamericano de la poesía como lo fue el gran Pablo Neruda. Que lo disfruten.

Sólo la muerte 
De: Pablo Neruda
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   Hay cementerios solos,
tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro,
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como irnos cayendo desde la piel al alma

   Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
como un sonido puro,
como un ladrido sin perro,
saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.

   Yo veo sólo a veces,
ataúdes a vela
zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas,
con panaderos blancos como ángeles,
con niñas pensativas casadas con notarios,
ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,
el río morado
hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte,
hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.

   A lo sonoro llega la muerte
como un zapato sin pie, con un traje sin hombre,
llega a golpear con un anillo sin piedra y sin dedo,
llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.

   Sin embargo sus pasos suenan
y su vestido suena, callado, como un árbol.

   Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra,
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta 

y su grave color de invierno exasperado.

   Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
lame el suelo buscando difuntos,
la muerte está en la escoba,
es la lengua de la muerte buscando muertos,
es la aguja de la muerte buscando hilo.

   La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto en donde está esperando, vestida de almirante. 


.:APA:.


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sábado, 29 de abril de 2017

Golpe de suerte. Cuento breve

A veces, vivimos nuestras vidas pensando que pasamos de un hecho fortuito a otro sin ningún enlace entre ellos y mucho menos consideramos posible encontrar algún lazo que una a los hechos que les ocurren a personas totalmente desconocidas y desconectadas. Lean el siguiente cuento y quizá podrían llegar a pensar diferente.


Golpe de suerte

Por: Arturo Pérez Arteaga:.
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Un señor alcanzó su turno frente al cajero automático, tras ejecutar su transacción obtuvo el dinero y el comprobante que indicaba su saldo, guardó los billetes mientras el ticket escapaba de manera displicente de sus manos… durante su caída, una corriente de aire lo llevó dócilmente a las afueras de un instituto de educación, a varios cientos de metros de allí… un estudiante lo recogió, apuntando a bolígrafo un número en la parte posterior, resultado de un ejercicio matemático, se lo entregó a un amigo para que hiciera el ejercicio y lo comprobara… el joven tomó, dobló y metió el talón en uno de sus cuadernos como un marca páginas. Camino a casa, el papel cayó de la libreta y fue a parar a la calle, pegándose en la suela del zapato de un apostador que transitaba por allí, quien al percatarse lo despegó para arrojarlo al cesto de la basura, antes lo revisó, viendo el número escrito a bolígrafo por un lado y el monto impreso por el otro… sin más, decidió apostarle la cantidad estampada por el cajero al caballo cuyo número estaba escrito a bolígrafo para la siguiente carrera y ganó una gran cantidad de dinero.
Cada vez que el apostador cuenta la historia, explica como un pedazo de basura le hizo ganar tanto dinero, sin embargo lo que nunca podrá explicar es de dónde salió el ticket ni cómo llegó a sus manos, o mejor dicho a sus pies. Ningún papel en la calle le es indiferente desde aquel día, ahora camina por la vida recogiéndolos y revisándolos para ver si vuelve a tener un segundo golpe de suerte.

-APA-

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viernes, 28 de abril de 2017

Decálogo del perfecto cuentista. De Horacio Quiroga

Me parece muy adecuado compartir con todo el que lo quiera o lo necesite este decálogo de uno de los maestros del género, Horacio Quiroga, un autor de quien confieso, me es imposible leer sin sentirme muy afectado anímica y/o emocionalmente, porque sus cuentos tienen una gran profundidad y particularmente me llegan de manera indescriptible. Esta información es de mucha utilidad para quienes como yo están empeñados en aprender a escribir o para quienes ya en el camino necesiten revisar por alguna razón los cánones del género.


Decálogo del perfecto cuentista
De: Horacio Quiroga
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I
Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.

II
Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

III
Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.

IV
Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.

V
No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.

VI
Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: "Desde el río soplaba el viento frío", no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.

VII
No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.

VIII
Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.

IX
No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.

X
No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

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miércoles, 26 de abril de 2017

Ausencia. De Jorge Luis Borges

Comparto con ustedes un hermoso poema de ese gigante de las letras como lo es el maestro Jorge Luis Borges, porque ¿quien no ha sufrido por la ausencia de un ser amado?... que lo disfruten.


AUSENCIA 
De: Jorge Luis Borges
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Habré de levantar la vasta vida
que aún ahora es tu espejo:
cada ntañana habré de reconstruirla.
Desde que te alejaste,
cuántos lugares se han tornado vanos
y sin sentido, iguales
a luces en el día.
Tardes que fueron nicho de tu imagen,
músicas en que siempre me aguardabas,
palabras de aquel tiempo,
yo tendré que quebrarlas con mis manos.
¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?
Tu ausencja me rodea
como la cuerda a la garganta.
el mar al que se hunde. 

-o-

martes, 25 de abril de 2017

Lecciones de vida. Cuento breve



Muchas veces nos encontramos en situaciones de vida algo difíciles y además tenemos que enfrentar a personas que sólo están pendientes de juzgarnos en función de la mera apariencia, sin siquiera detenerse a pensar si su juicio es adecuado o no. Este cuento, pretende ser un ejemplo de lo que hablo... espero que les guste.

Lecciones de Vida

Por: Arturo Pérez Arteaga:.
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Me sorprendió verlo caminando con su paso acelerado por esa calle solitaria después de tantos años, precisamente a él, a quien en alguna época consideré mi antagonista y al que nunca había visto sino deslizarse por el mundo en suntuosos vehículos de moda. Lo contemplé por unos segundos con una mezcla de sorpresa, desconcierto y una pizca de mezquina satisfacción, acerqué mi auto a la acera y sin siquiera saludarlo le dije que ya estaba viejo, bastante acabado, a lo que de inmediato me respondió: “¿ves lo que tengo en mis manos?”. No pude distinguir en ellas más que unas copias bastante gastadas de lo que supuse eran libros viejos, así se lo dije, la segunda respuesta no se hizo esperar: “mientras veas en mis manos uno de estos nunca estaré ni acabado ni vencido” y sin disminuir su paso se alejó de mí.

-APA-

jueves, 20 de abril de 2017

Tu juicio sobre mi. Cuento breve

Para ustedes otro de mis cuentos breves, como una forma de decir presente y que no pierdan la costumbre de leerme periódicamente. No me molestaría poder leer sus comentarios, sean buenos o no tanto, porque de todos aprendo y me ayudan a crecer en este camino que decidí seguir. Que lo disfruten o al menos que no les disguste

Tu juicio sobre mi
Por: Arturo Pérez Arteaga:.
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Me dijiste loco y lo acepté, incluso con gusto porque ¿quién puede estar totalmente cuerdo hoy día?
También acepté que me dijeras antipático, sé que no todos tienen por qué quererme, además mi forma de ser me ha granjeado algunos enemigos.
Incluso me dijiste que tenía problemas neurológicos, por no haber podido resolver no sé qué ejercicio de agilidad mental de esos que tú conoces y que yo ignoro. Entonces también terminé aceptándolo.
Pero me dijiste obsoleto, y eso no te lo acepto, porque aunque no lo creas, tengo un microondas.

-APA-

sábado, 15 de abril de 2017

El huracán. Cuento breve

Hace pocos meses, nuestra tranquilidad cotidiana se vio interrumpida por la amenaza de un huracán que quizá visitaría las costas venezolanas y a pesar de tratarse de una situación bastante hipotética y poco probable, la noticia generó algo de angustia en parte de nuestra población que estuvo muy pendiente de su trayectoria e inminente llegada, una de las personas que estuvo alerta fue mi señora madre, que a cada rato me llamaba y me advertía sobre la situación. Para ella muy especialmente este cuento con todo mi amor.

El huracán
Por: Arturo Pérez arteaga:.
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Como de la nada apareció el fuerte viento que hizo estragos y se llevó todo a su paso, nunca olvidaré como vi rodar objetos sin dueños por la calle, para al momento siguiente, ver correr a los que presumí eran los dueños, tras esos objetos que estaban en fuga. Árboles y postes se desplomaron como pinos de boliche y como pájaros de metal volaron libres los techos, reinó la anarquía y todo fue una gran confusión. Los medios informaban al llegar la calma, que eso sólo era una muestra de lo que estaba por venir, un gran huracán de la más alta categoría azotaría nuestro pueblo, debíamos prepararnos para lo peor.

Al saber la noticia, tomamos las medidas del caso y nos apertrechamos lo mejor posible. Sellamos las ventanas, reforzamos las puertas, guardamos provisiones y agua potable, encerramos a los animales y cortamos la electricidad del pueblo para evitar males mayores. El fulano tornado esta vez no nos tomaría desprevenidos. La señora Benita, influenciada por lo visto en una película gringa y a pesar de las quejas de sus hijos, metió a la vaca dentro del baño para que el ciclón no se la llevara.

Hoy al resolver salir de casa, advertí con asombro como el lugar es casi un pueblo fantasma ¿y que pasó con la gente?. Siguen confinados en sus hogares por miedo al fulano huracán, ese que debió pasar hace diez años y que nunca se dignó a venir. 

-APA-

martes, 11 de abril de 2017

El diente roto. De Pedro Emilio Coll

No podía faltar en mi blog este cuento de Pedro Emilio Coll que es un clásico de nuestra literatura, tuve la oportunidad de leerlo de niño y desde ese momento me gustó mucho, aunque en ese entonces no tuve la conciencia de su trascendencia e influencia en la cuentística nacional... Si no lo han leído, disfrútenlo por primera vez y si ya lo hicieron, lo pueden volver a disfrutar.



El diente roto

De: Pedro Emilio Coll

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A los doce años, combatiendo Juan Peña con unos granujas recibió un guijarro sobre un diente; la sangre corrió lavándole el sucio de la cara, y el diente se partió en forma de sierra. Desde ese día principia la edad de oro de Juan Peña.

domingo, 9 de abril de 2017

La I latina. De José Rafael Pocaterra

No podía faltar en este blog el extraordinario escritor José Rafael Pocaterra, un cuentista insigne que nos llena de orgullo patrio por la calidad de su producción literaria. Este cuento es ya un clásico... Disfrútenlo.

La I latina
De: José Rafael Pocaterra
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¡No, no era posible! andando ya en siete años y burrito, burrito, sin conocer la o por lo redondo y dando más que hacer que una ardilla.
—¡Nada! ¡Nada!— dijo mi abuelita—. A ponerlo en la escuela…
Y desde ese día, con aquella eficacia activa en el milagro de sus setenta años, se dio a buscarme una maestra. Mi madre no quería; protestó que estaba todavía pequeño, pero ella insistió resueltamente. Y una tarde al entrar de la calle, deshizo unos envoltorios que le trajeron y sacando un bulto, una pizarra con su esponja, un libro de tipo gordo y muchas figuras y un atadito de lápices, me dijo poniendo en mí aquella grave dulzura de sus ojos azules: —¡Mañana, hijito, casa de la señorita que es muy buena y te va a enseñar muchas cosas…!
Yo me abracé a su cuello, corrí por toda la casa, mostré a los sirvientes mi bulto nuevo, mi pizarra flamante, mi libro, todo marcado con mi nombre en la magnífica letra de mi madre, un libro que se me antojaba un cofrecillo sorprendente, lleno de maravillas! Y la tarde esa y la noche sin quererme dormir, pensé cuántas cosas podría leer y saber en aquellos grandes librotes forrados de piel que dejó mi tío el que fue abogado y que yo hojeaba para admirar las viñetas y las rojas mayúsculas y los montoncitos de caracteres manuscritos que llenaban el margen amarillento.
Algo definitivo decíame por dentro que yo era ya una persona capaz de ir a la escuela.
II
¡Hace cuántos años, Dios mío! Y todavía veo la casita humilde, el largo corredor, el patiecillo con tiestos, al extremo una cancela de lona que hacía el comedor, la pequeña sala donde estaba una mesa negra con una lámpara de petróleo en cuyo tubo bailaba una horquilla. En la pared había un mapa desteñido y en el cielo raso otro formado por las goteras. Había también dos mecedoras desfondadas, sillas; un pequeño aparador con dos perros de yeso y la mantequillera de vidrio que fingía una clueca echada en su nido; pero todo tan limpio y tan viejo que dijérase surgido así mismo, en los mismo sitios desde el comienzo de los siglos.
Al otro extremo del corredor, cerca de donde me pusieron la silla enviada de casa desde el día antes, estaba un tinajero pintado de verde con una vasija rajada; allí un agua cristalina en gotas musicales, largas y pausadas, iba cantando la marcha de las horas. Y no sé por qué aquella piedra de filtrar llena de yerbajos, con su moho y su olor a tierras húmedas, me evocaba ribazos del río o rocas avanzadas sobre las olas del mar…
Pero esa mañana no estaba yo para imaginaciones, y cuando se marchó mi abuelita, sintiéndome sólo e infeliz entre aquellos niños extraños, que me observaban con el rabillo del ojo, señalándome; ante la fisonomía delgadísima de labios descoloridos y nariz cuyo lóbulo era casi transparente, de la Señorita, me eché a llorar. Vino a consolarme, y mi desesperación fue mayor al sentir en la mejilla un beso helado como una rana.
Aquella mañana de “niño nuevo” me mostró el reverso de cuanto había sido ilusorias visiones de sapiencia… así que en la tarde, al volver para la escuela, a rastras casi de la criada, llevaba los párpados enrojecidos de llorar, dos soberbias nalgadas de mi tía y el bulto en banderola con la pizarra y los lápices y el virginal Mandevil tamborileando dentro de un modo acompasado y burlón.
III
Luego tomé amor a mi escuela y a mis condiscípulos: tres chiquillas feucas, de pelito azafranado y medias listadas, un gordinflón que se hurgaba la nariz y nos punzaba con el agudo lápiz de pizarra; otro niño flaco, triste, ojerudo, con un pañuelo y unas hojas siempre al cuello y oliendo a aceite; y martica, la hija del herrero de enfrente que era alemán. Siete u ocho a lo sumo: las tres hermanas se llamaban las Rizar, el gordinflón José Antonio, Totón, y el niño flaco que murió a poco, ya no recuerdo cómo se llamaba. Sé que murió porque una tarde dejó de ir, y dos semanas después no hubo escuela.
La Señorita tenía un hermano hombre, un hermano con el cual nos amenazaba cuando dábamos mucho qué hacer o estallaba una de esas extrañas rebeldías infantiles que delatan a la eterna fiera.
—¡Sigue! ¡Sigue rompiendo la pizarra, malcriado, que ya viene por ahí Ramón María!
Nos quedábamos suspensos, acobardados, pensando en aquel terrible Ramón María que podía llegar de un momento a otro… Ese día, con más angustia que nunca, veíamosle entrar tambaleante como siempre, oloroso a reverbero, los ojos aguados, la nariz de tomate y un paltó dril verdegay.
Sentíamos miedo y admiración hacia aquel hombre cuya evocación sola calmaba las tormentas escolares y al que la Señorita, toda tímida y confusa, llevaba del brazo hasta su cuarto, tratando de acallar unas palabrotas que nosotros aprendíamos y nos las endosábamos unos a otros por debajo del Mandevil.
—¡Los voy a acusar con la Señorita! —protestaba casi con un chillido Marta, la más resuelta de las hembras.
—La Señorita y tú… —y la interjección fea, inconsciente y graciosísima, saltaba de aquí para allá como una pelota, hasta dar en los propios oídos de la Señorita.
Ese era día de estar alguno en la sala, de rodillas sobre el enladrillado, el libro en las manos, y las orejas como dos zanahorias.
—Niño, ¿por qué dice eso tan horrible? —me reprendía afectando una severidad que desmentía la dulzura gris de su mirada.
—¡Porque soy hombre como el señor Ramón María!
Y contestaba, confusa, a mi atrevimiento:
—Eso lo dice él cuando está “enfermo”
IV
A pesar de todo, llegué a ser el predilecto. Era en vano que a cada instante se alzase una vocecilla:
—¡Señorita, aquí el “niño nuevo” me echó tinta en un ojo!
—Señorita, que el “niño nuevo” me está buscando pleito.
A veces era un chillido estridente seguido de tres o cuatro mojicones:
—¡Aquí…! Venía la reprimenda, el castigo; y luego más suave que nunca, aquella mano larga, pálida, casi transparente de la solterona me iba enseñando con una santa paciencia a conocer las letras que yo ditinguía por un método especial: la A, el hombre con las piernas abiertas —y evocaba mentalmente al señor Ramón María cuando entraba “enfermo” de la calle—; la O, al señor gordo —pensaba en el papá de Totón—; la Y griega una horqueta —como la de la china que tenía oculta—; la I latina, la mujer flaca —y se me ocurría de un modo irremediable la figura alta y desmirriada de la Señorita… Así conocí la Ñ, un tren con su penacho de humo; la P, el hombre con el fardo; y la & el tullido que mendigaba los domingos a la puerta de la iglesia.
Comuniqué a los otros mis mejoras al método de saber las letras, y Marta —¡como siempre!— me denunció:
—¡Señorita, el “niño nuevo” dice que usted es la I latina!
Me miró gravemente y dijo sin ira, sin reproche siquiera, con una amargura temblorosa en la voz, queriendo hacer sonrisa la mueca en sus labios descoloridos:
—¡Si la I latina es la más desgraciada de las letras… puede ser!
Yo estaba avergonzado; tenía ganas de llorar. Desde ese día cada vez que pasaba el puntero sobre aquella letra, sin saber por qué, me invadía un oscuro remordimiento.
V
Una tarde a las dos, el señor Ramón María entró más “enfermo” que de costumbre, con el saco sucio de la cal de las paredes. Cuando ella fue a tomarle del brazo, recibió un empellón yendo a golpear con la frente un ángulo del tinajero. Echamos a reír; y ella, sin hacernos caso, siguió detrás con la mano en la cabeza… Todavía reíamos, cuando una de las niñas, que se había inclinado a palpar una mancha oscura en los ladrillos, alzó el dedito teñido de rojo:
—Miren, miren: ¡le sacó sangre!
Quedamos de pronto serios, muy pálidos, con los ojos muy abiertos.
Yo lo referí en casa y me prohibieron, severamente, que lo repitiese. Pero días después, visitando la escuela el señor inspector, un viejecito pulcro, vestido de negro, le preguntó delante de nosotros al verle la sien vendada:
—¿Cómo que sufrió algún golpe, hija?
Vivamente, con un rubor débil como la llama de una vela, repuso azorada:
—No señor, que me tropecé…
—Mentira, señor inspector, mentira —protesté rebelándome de un modo brusco, instintivo, ante aquel angustioso disimulo— fue su hermano, el señor Ramón María que la empujó, así… contra la pared… —y expresivamente le pegué un empujón formidable al anciano.
—Sí, niño, sí ya sé… —masculló trastumbándose.
Dijo luego algo más entre dientes; estuvo unos instantes y se marchó.
Ella me llevó entonces consigo hasta su cuarto; creí que iba a castigarme, pero me sentó en sus piernas y me cubrió de besos; de besos fríos y tenaces, de caricias maternales que parecían haber dormido mucho tiempo en la red de sus nervios, mientras que yo, cohibido, sentía que al par de la frialdad de sus besos y del helado acariciar de sus manos, gotas de llanto, cálidas, pesadas, me caían sobre el cuello. Alcé el rostro y nunca podré olvidar aquella expresión dolorosa que alargaba los grises ojos llenos de lágrimas y formaba en la enflaquecida garganta un nudo angustioso.
VI
Pasaron dos semanas, y el señor Ramón María no volvió a la casa. Otras veces estas ausencias eran breves, cuando él estaba “en chirona”, según nos informaba Tomasa, única criada de la Señorita que cuando ésta salía a gestionar que le soltasen, quedábase dando la escuela y echándonos cuentos maravillosos del pájaro de los siete colores, de la princesa Blanca—flor o las tretas siempre renovadas y frescas que le jugaba tío conejo a tío tigre.
Pero esta vez la Señorita no salió; una grave preocupación distraíala en mitad de las lecciones. Luego estuvo fuera dos o tres veces; la criada nos dijo que había ido a casa de un abogado porque el señor Ramón María se había propuesto vender la casa.
Al regreso, pálida, fatigada, quejábase la Señorita de dolor de cabeza; suspendía las lecciones, permaneciendo absorta largos espacios, con la mirada perdida en una niebla de lágrimas… Después hacía un gesto brusco, abría el libro en sus rodillas y comenzaba a señalar la lectura con una voz donde parecían gemir todas las resignaciones de este mundo:
—Vamos, niño: “Jorge tenía un hacha…”
VII
Hace quince días que no hay escuela. La Señorita está muy enferma. De casa han estado allá dos o tres veces. Ayer tarde oí decir a mi abuela que no le gustaba nada esa tos…
—No sé de quién hablaban.
VIII
La Señorita murió esta mañana a las seis…
IX
Me han vestido de negro y mi abuelita me ha llevado a la casa mortuoria. Apenas la reconozco: En la repisa no están ni la gallina ni los perros de yeso; el mapa de la pared tiene atravesada una cinta negra; hay muchas sillas y mucha gente de duelo que rezonga y fuma. La sala llena de vecinas rezando. En un rincón estamos todos los discípulos, sin cuchichear, muy serios, con esa inocente tristeza que tienen los niños enlutados. Desde allí vemos, en el centro de la salita, una urna estrecha, blanca y larguísima que es como la Señorita y donde ella está metida. Yo me la figuro con terror: el Mandevil abierto, enseñándome con el dedo amarillo, la I, la I latina precisamente.
A ratos, el señor Ramón María que recibe los pésames al extremo del corredor y que en vez del saco dril verdegay luce una chupa de un negro azufroso, va a su encuentro y vuelve. Se sienta suspirando con el bigote lleno de gotitas. Sin duda ha llorado mucho porque tiene los ojos más lacrimosos que nunca y la nariz encendida, amoratada.
De tiempo en tiempo se suena y dice en alta voz:
—¡Está como dormida!
X
Después del entierro, esa noche, he tenido miedo. No he querido irme a dormir. La abuelita ha tratado de distraerme contando lindas historietas de su juventud. Pero la idea de la muerte está clavada, tenazmente, en mi cerebro. De pronto la interrumpo para preguntarle:
—¿Sufrirá también ahora?
—No —responde, comprendiendo de quién le hablo— ¡la Señorita no sufre ahora!
Y poniendo en mí aquellos ojos de paloma, aquel dulce mirar inolvidable, añade:
—¡Bienaventurados los mansos y humildes de corazón porque ellos verán a Dios!…

Del libro: Cuentos grotescos (de Monte Ávila Editores)

-o-

sábado, 8 de abril de 2017

Nuestro Oficio. De El Chino Valera Mora

Un poema de Víctor "El Chino" Valera Mora  dedicado a quienes como él, armados de palabras, sentimiento y pasión han decidido ser poetas.
Nuestro Oficio
De: El Chino Valera Mora
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Por este empecinamiento del corazón
en hacerse horizonte por completo:
nosotros, que hemos participado
en los grandes acontecimientos históricos,
que hemos ayudado en lo construido
aún con un poco de tristeza,
digamos, casi mucha.
Guardamos
toda nuestra radiante alegría
para lo que construiremos
cuando el pueblo llegue.
Podemos caer abatidos
por las balas más crueles
y siempre tenemos sucesor:
el niño que estremece las hambres consteladas
agitando feroz su primer verso.
O el otro, el de la disyuntiva,
que no sabe si hacerse flechero de nubes
o escudero del viento.
Jamás la canción tuvo punto final.
Siempre deja una brecha, una rendija,
algo así, como un hilito que sale,
donde el poema venidero pueda
ir halando, ir halando, ir halando,
halando hasta el mañana.
Nosotros los poetas del pueblo,
cantamos por mil años y más...

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 -APA-
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