Aclaratoria Importante

Este blog, acaba de cambiar de nombre, porque el de "Trinchera Literaria" fué cedido al colectivo de letras al cual pertenezco. No obstante los objetivos permanecen intactos, espero seguir contando con sus visitas

martes, 27 de febrero de 2018

Lluvia negra. Cuento

No es muy difícil adivinar qué inspiró el cuento que hoy les presento. Es sólo una forma de ver a mi pueblo, al que he llamado en mas de una ocasión mi ITACA, no obstante, sin querer tapar el sol con un dedo, necesita con urgencia de mucho amor y cuidado porque está muy enfermo y condenado a la desaparición por nuestra indolencia... Para tí Cabimas, este relato.

Lluvia negra
Por: Arturo Pérez Arteaga:.
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Imagen tomada del sitio web: http://fotos2013.cloud.noticias24.com


Mi pueblo, como cualquier otro del pasado, tenía su iglesia de paredes de barro y techo de palma frente a una plaza, donde el prócer ya no estaba o quizá nunca estuvo. Almendrones y mangos enormes se destacaban como los refugios de diversión predilectos de los niños. La bodega de Chua, donde se jugaba bingo y dominó por las noches, era nuestro centro social y comercial. Las casas con sus enormes zaguanes invitaban a conversar con los vecinos. Las calles de tierra eran sobre todo quietas y sólo sacudían su polvareda cuando las carretas irrumpían con la mercancía venida de otros lares.

Un día cualquiera, de la nada apareció una fuerte lluvia y alguien tuvo la idea de llamarla “progreso”. Una lluvia bastante extraña, porque en lugar de venir del cielo brotaba de las entrañas de la tierra y era negra como la noche, no obstante, lo más extraño fue que a su paso, el “progreso” no dejaba charcos como podía suponerse, sino de manera trastornada y caótica: paredes de concreto, aceras, edificios de todos los tamaños, muchos bares, incuantificables ladrones y prostitutas, carreteras pavimentadas y gente con otros acentos e idiomas.

Se llevó los mangos que poco a poco fueron desapareciendo, los almendrones murieron de tristeza, la tienda de Chua se desvaneció o más bien se transformó en un Mall, los vecinos cambiaron el bingo por el paint ball y el dominó por el scrabble.

Cuando la lluvia cesó, porque todo cesa tarde o temprano, el caos se detuvo, ya no había nada nuevo, ni construcciones ni gente. Las costumbres pasadas habían desaparecido sin que las nuevas tuviesen tiempo de arraigarse, la gente desconcertada simplemente huyó de tanto desorden.

Por favor no me pregunten su nombre o su sitio en el mapa, porque esa lluvia negra a mi pueblo se lo tragó.

 -APA-
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martes, 20 de febrero de 2018

Dilemas. Cuento breve

Sería deshonesto decir que esto me lo contaron o que le pasó a alguien que conozco. Sólo diré que al igual que muchas otras historias este cuento es sacado de la vida real y desde luego como las otras, tiene un alto componente imaginativo.

Dilemas
Por: Arturo Pérez Arteaga:.

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Abstraído en mi último dilema laboral, caminaba más lento que de costumbre, debía decidir qué es lo que quiero, ¿en verdad prefiero seguir con una carrera estancada o tomo el riesgo y trato de avanzar a pesar del costo que eso pueda tener?


De improviso pasó a mi lado en la misma dirección que yo llevaba una morena cuyo perfil apenas alcancé a distinguir, lo que si pude apreciar muy bien fue su hermosa espalda casi descubierta, podía ver un hermoso color bronceado, típico de la mujer caribeña, una cintura estrecha, vínculo ideal que ensamblaba la sensual guitarra representada en el cuerpo de aquella hembra. Sus caderas simplemente perfectas, con unas nalgas voluptuosas, resaltadas por un pantalón que muy poco dejaba a la imaginación, todo rematado por un par de piernas bien contorneadas y muy firmes. 


Al doblar la esquina lamentablemente la perdí de vista. ¿En que estaba yo?, ¿qué preocupación me embargaba?... ahhh si, ya lo recuerdo, ¡daría lo que no tengo por quedar atrapado en un culo así!

-APA- 

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sábado, 3 de febrero de 2018

La sonrisa de Margarita. De Gustavo Vale

Acabo de leer este cuento del poeta, cronista y novelista venezolano Gustavo Vale y me ha gustado mucho, tanto que considero un acto de egoísmo no compartirlo con quienes visitan mi blog.


La sonrisa de Margarita. 
De: Gustavo Vale
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Volar.
Siempre quise volar.
Arrojarme en caída libre.
Volar.

De cómo conocí a Margarita no tiene importancia. Lo importante es ella, Margarita, a sus diez años, con su pelo medio rubio, medio marrón. Y yo, a mis ocho años con mis ganas de aterrizar en el corazón de Margarita. Porque fue por ella o por culpa de ella o a causa de ella que... en fin. Hoy, muchos años después, a veces pienso que fue una historia triste, pero justo ahora creo que no, que se trató una historia hermosa. La verdad, como dice el poeta, de lo que se escribe no se sabe.

Comencemos por el final. Yo, arriba del tanque de agua, en el lugar más alto de la casa, a punto de arrojarme al vacío. Era una tarde de abril con muchas nubes. Húmeda. Oscura. No había tarde más perfecta para volar que aquella tarde de abril. Mi hermano, desde abajo, me animaba:

–Dale, cagón, dale.

Él era también el operador de la torre de control:

–Viento a favor. Pista despejada. Preparado, listo...

Y yo que me orinaba encima, con un miedo que me hacía temblar. Pero no había nada que temer, mi pista de aterrizaje era el blando corazón de Margarita.

Una semana atrás había hecho pruebas preparatorias con Malena, mi gata. Subimos juntos al tanque de agua, le coloqué un improvisado parapente y sin mucha ceremonia, la arrojé en la modalidad bala felina. La gata dibujó un soberbio tirabuzón y luego planeó con bastante elegancia. ¡Ah, cómo surcó Malena los cielos de Caracas! Arañando el aire con ese estilo afrancesado que solo los gatos tienen. Cayó en sus cuatro patas. Cojeó durante un par de días, pero después siguió siendo la misma gata vanidosa de siempre.

Los excelentes resultados de esta prueba preparatoria, me animaron a avanzar en mi proyecto. Comencé a hacer los planos de mi paracaídas, llené varias páginas de papel cuadriculado con diversos modelos. Compré cuerditas reforzadas. Saqué del armario las sábanas que vestían mi vieja cuna y estuve una semana entera fabricando el prototipo.

Al terminarlo, no se lo mostré a mi hermano, el operador de la torre de control. Pero sí a Margarita.

Margarita tenía una forma de tratarme muy especial. Me decía: tráeme esto, tráeme aquello. O me silbaba como a Ronny, su toy poddle: fuiz fuiz, y yo iba a toda velocidad a su encuentro, porque los silbidos de Margarita eran los más hermosos silbidos del planeta.

Al ver mi prototipo, Margarita dijo:

–Mejor es el mío.
–¿Tú tienes paracaídas? –pregunté.
–Claro –me respondió –y es mejor que el tuyo.

Sentí vértigo, un agujero en el estómago. Luego me encerré en mi laboratorio (es decir, en mi habitación) e hice añicos mis planos garabateados en papel cuadriculado. Agarré mi prototipo hecho de sábanas y cuerditas y lo convertí en picadillo con una tijera colegial.

Un día, Margarita me invitó a merendar en su casa. Era una casa enorme la de Margarita, parecía un palacio, con unas cabezas de antílopes colgando de las paredes, con alfombras de piel de tigre o de oso y muchas fotos de grandes proezas familiares. Fuimos a su cuarto, que también era enorme, y allí, tirado en su cama, jugando Atari, estaba el operador de la torre de control, mi hermano.

Margarita sacó del armario una caja enorme. Me dijo: esto es para ti.

Yo abrí la caja. Había una mochila. Y dentro de la mochila un paracaídas. Un paracaídas, pero de verdad verdad.

–Wow –dije.
–¿Lo ves? Es mejor que el tuyo –dijo Margarita.

El operador de la torre de control dejó el Atari y abrió su bocota:

–¿Cuándo hacemos el lanzamiento?
–Mi papá es un verdadero paracaidista –se ufanó Margarita.
–Ah, tienes miedo –dijo el operador de la torre de control.
–Yo no tengo miedo –respondí.
–No lo molestes –terció Margarita— y luego me preguntó, en voz baja: ¿lo vas a hacer? Si lo haces te voy a dar un... y sin terminar de decir lo que iba a decir, silbó: fuiz fuiz. Entonces yo estuve a punto de ir a su encuentro y ponerme a su entera disposición. Pero a cambio apareció Ronny, el toy poodle, que aterrizó en sus piernas a una velocidad asombrosa. El maldito perro faldero se me adelantó.

Las semanas previas al lanzamiento estuve investigando y afinando cada detalle. Subí numerosas veces al tanque de agua, calculé el recorrido de punta a punta, la distancia que había del tanque al patio: unos siete metros. Reproduje mentalmente cada paso. En mi cabeza estaba todo perfectamente calculado. Debía correr con todas mis fuerzas desde la parte de atrás y al llegar al borde pegar un buen salto y abrir el paracaídas. Y una vez que pegara el salto, pum, a volar.

La noche antes estaba muy inquieto y tuve este sueño: Ronny, el maldito toy poodle, mordía el cuello de Malena, mi gata, mientras mi hermano, el operador de la torre de control, estaba tirado encima de una alfombra de piel de tigre o piel de oso, mirando al techo y entonces, de pronto, yo me desesperé. No estaba Margarita, no veía a Margarita por ninguna parte. Margarita, gritaba, Margarita...

Desperté. Vi mi reloj: eran las 3:30 de la mañana. Faltaban todavía algunas horas para el gran día.

Y aquí volvemos al comienzo de esta historia. Tarde de abril con muchas nubes. Densa, oscura. Una tarde mejor que esa, imposible. Y yo arriba del tanque de agua listo para volar. Viento moderado, cielo despejado, humedad relativa. El operador de la torre de control daba las indicaciones y también me daba ánimo:

–Dale, cagón, dale.

Margarita estaba sentada sobre la grama del patio comiendo galletas y hojeando un álbum de la Barbie. El paracaídas de su papá me quedaba realmente enorme: los arneses flojos, las correas colgando, y ese montón de tela arruchada, como derramándose a mi alrededor. Me asomé por última vez para ver a Margarita. Desde allá arriba admiré su melena media rubia, media marrón. Tuve la convicción de que junto a ella me esperaría, finalmente, algo inolvidable.

Sin embargo, en un instante de lucidez, dudé. Pensé que el sueño de la noche anterior había sido premonitorio, un mal presagio. Si Malena, mi gata, moría a manos de Ronny, eso quería decir que algo andaba mal. Muy mal. Podía haber soñado con otra cosa. Por ejemplo, con aquello que me daría Margarita después de mi exitoso salto. ¿Qué sería? ¿Un juguete? ¿Un beso? ¿Un fuiz fuiz que duraría toda una eternidad? Me reproché no haberle preguntado antes. ¿Por qué no lo hice? ¿Por miedo? ¿Por vergüenza?

–Dale, cagón, dale –escuché de parte de la torre de control. Y luego:
–Fuiz, fuiz –el cristalino silbido de Margarita.

Espanté como moscas los inoportunos pensamientos, deseché todas mis malditas dudas infundadas y entonces, ya decidido, grité:

–Allá voy.
–Dale, que se va a hacer de noche –dijo torre de control.

Respiré hondo, cerré los puños (o puñitos) para darme ánimo, y en una fracción de segundo repasé mentalmente todo mi plan. Tomé impulso, corrí desde la parte de atrás del tanque, corrí lo más rápido que pude y con el viento a favor hice pie en el borde y... salté.

Alcancé una excelente altura. Me suspendí como una pluma, como el polvo. Sentí la presión delicada del aire en mi cuerpo, el viento que susurraba suavemente en mis oídos y el aparatoso paracaídas que parecía una medusa borracha a mis espaldas. Quizás no fue el mejor paracaídas para llevar a cabo el lanzamiento, pero eso es lo de menos. Lo importante es que volé. Créanme que volé.

Y la sonrisa de Margarita brilló en todo el patio.


-APA-

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jueves, 1 de febrero de 2018

Mi amigo. Cuento breve

El cuento que les presento a continuación puede verse desde varios puntos de vista, creo es una historia muy simple que presenta varias connotaciones, según como lo miremos. En todo caso, es el lector quien le da la interpretación que mejor le parezca y por eso, ahí se los dejo y me retiro despacito sin hacer mucho ruido.


Mi Amigo
De: Arturo Pérez Arteaga:.
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Esa mañana como de la nada apareció en mi patio, era pequeño y dócil y aunque parecía algo asustado, un tanto nervioso quizá, no daba indicios de estar descuidado o desnutrido.

Nuestra atracción fue inmediata, su miedo y mi soledad tuvieron sinergia, pudimos comunicarnos y nos tratamos como si nos conociéramos de toda la vida. Lo hice entrar a la casa y lo alimenté, en sus ojos se veía que era bueno, noble, incapaz de hacerme nada malo. 


Se quedó conmigo varios días que disfrutamos mucho, hasta que de pronto desapareció del mismo modo en el que había llegado. Eso me angustió porque ya me había acostumbrado a su compañía, me había domesticado. Imaginé cualquier cosa, me preparé para lo peor y cuando lo creí definitivamente perdido, volvió a aparecer súbitamente, esta vez sin miedo ni hambre pero sí con grandes dosis de cariño y apego. Mi desasosiego desapareció de inmediato y casi le reclamo antes de caer en cuenta de que sería inútil enfadarme con él.


La historia se repitió, permaneció a mi lado varios días para luego desaparecer por otros tantos. Esta situación se fue haciendo rutinaria y tuve que acostumbrarme, yo estaba seguro que un ser tan hermoso y especial debía pertenecer a alguien más, sin embargo, siempre regresaba y me deleitaba con el gusto de su presencia. 


Ayer por la tarde mientras caminaba por la calle de regreso a casa lo vi. No estaba solo, una niña hermosa lo abrazaba y le daba mucho cariño, por un instante nuestras miradas se encontraron y podría jurar que de alguna manera sus ojos intentaban explicarme la situación.

Hoy leo sentado en mi patio haciéndome el desentendido, solamente espero que esa hermosa niña se llene muy pronto de su dosis de cariño para que mi amigo de nariz fría y pancita caliente venga a compartir conmigo.

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