Aclaratoria Importante

Este blog, acaba de cambiar de nombre, porque el de "Trinchera Literaria" fué cedido al colectivo de letras al cual pertenezco. No obstante los objetivos permanecen intactos, espero seguir contando con sus visitas
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lunes, 19 de marzo de 2018

Después de ti. Cuento

Les entrego en esta oportunidad un cuento que según mi opinión podría tener varias interpretaciones. No obstante, esta no es mas que la mera apreciación de quien lo escribió, realmente falta la mas importante, la que pueda tener quien lo lea; ésta es a mi criterio, la que mas vale.

Después de tí

Por: Arturo Pérez Arteaga:.
 
Imagen tomada del sitio WEB: https://juancarlosboverimuseos.files.wordpress.com/

Su encuentro amoroso de esa noche fue inusitadamente intenso. Como en un eclipse de sol, sus cuerpos se abrazaron de manera tan perfecta que se opacó y detuvo todo en derredor, hasta caer rendidos. 

Cuando él despertó miró el reloj y notó, como siempre, que el tiempo se les había escapado. Se vistió en silencio, la contempló largamente mientras ella yacía desnuda sobre la cama.  

Sin siquiera besarla, salió con mucho cuidado para no despertarla, por esto no pudo advertir que antes de eso, era ella quien se había marchado para siempre. 

-APA- 

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miércoles, 7 de marzo de 2018

Macario. De Juan Rulfo

En otras ocasiones y espacios he manifestado mi admiración por la calidad narrativa de este latinoamericano por el cual me he visto influenciado, y por esto hoy les presento un cuento breve del gran Juan Rulfo, con la confianza en que les gustará al menos tanto como a mi.


Macario
De: Juan Rulfo
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Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos… Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros.

sábado, 3 de marzo de 2018

El espejo que no podía dormir. De Augusto Monterroso

En esta oportunidad les presento un micro cuento del maestro de género Augusto Monterroso, cuya genialidad se nos muestra una vez mas y nos permite disfrutar de algunos segundos de buena literatura.

El espejo que no podía dormir

De:   Augusto Monterroso

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Había una vez un espejo de mano que cuando se quedaba solo y nadie se veía en él se sentía de lo peor, como que no existía, y quizá tenía razón; pero los otros espejos se burlaban de él, y cuando por las noches los guardaban en el mismo cajón del tocador dormían a pierna suelta satisfechos, ajenos a la preocupación del neurótico.

 

 -APA-  

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martes, 20 de febrero de 2018

Dilemas. Cuento breve

Sería deshonesto decir que esto me lo contaron o que le pasó a alguien que conozco. Sólo diré que al igual que muchas otras historias este cuento es sacado de la vida real y desde luego como las otras, tiene un alto componente imaginativo.

Dilemas
Por: Arturo Pérez Arteaga:.

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Abstraído en mi último dilema laboral, caminaba más lento que de costumbre, debía decidir qué es lo que quiero, ¿en verdad prefiero seguir con una carrera estancada o tomo el riesgo y trato de avanzar a pesar del costo que eso pueda tener?


De improviso pasó a mi lado en la misma dirección que yo llevaba una morena cuyo perfil apenas alcancé a distinguir, lo que si pude apreciar muy bien fue su hermosa espalda casi descubierta, podía ver un hermoso color bronceado, típico de la mujer caribeña, una cintura estrecha, vínculo ideal que ensamblaba la sensual guitarra representada en el cuerpo de aquella hembra. Sus caderas simplemente perfectas, con unas nalgas voluptuosas, resaltadas por un pantalón que muy poco dejaba a la imaginación, todo rematado por un par de piernas bien contorneadas y muy firmes. 


Al doblar la esquina lamentablemente la perdí de vista. ¿En que estaba yo?, ¿qué preocupación me embargaba?... ahhh si, ya lo recuerdo, ¡daría lo que no tengo por quedar atrapado en un culo así!

-APA- 

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sábado, 3 de febrero de 2018

La sonrisa de Margarita. De Gustavo Vale

Acabo de leer este cuento del poeta, cronista y novelista venezolano Gustavo Vale y me ha gustado mucho, tanto que considero un acto de egoísmo no compartirlo con quienes visitan mi blog.


La sonrisa de Margarita. 
De: Gustavo Vale
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Volar.
Siempre quise volar.
Arrojarme en caída libre.
Volar.

De cómo conocí a Margarita no tiene importancia. Lo importante es ella, Margarita, a sus diez años, con su pelo medio rubio, medio marrón. Y yo, a mis ocho años con mis ganas de aterrizar en el corazón de Margarita. Porque fue por ella o por culpa de ella o a causa de ella que... en fin. Hoy, muchos años después, a veces pienso que fue una historia triste, pero justo ahora creo que no, que se trató una historia hermosa. La verdad, como dice el poeta, de lo que se escribe no se sabe.

Comencemos por el final. Yo, arriba del tanque de agua, en el lugar más alto de la casa, a punto de arrojarme al vacío. Era una tarde de abril con muchas nubes. Húmeda. Oscura. No había tarde más perfecta para volar que aquella tarde de abril. Mi hermano, desde abajo, me animaba:

–Dale, cagón, dale.

Él era también el operador de la torre de control:

–Viento a favor. Pista despejada. Preparado, listo...

Y yo que me orinaba encima, con un miedo que me hacía temblar. Pero no había nada que temer, mi pista de aterrizaje era el blando corazón de Margarita.

Una semana atrás había hecho pruebas preparatorias con Malena, mi gata. Subimos juntos al tanque de agua, le coloqué un improvisado parapente y sin mucha ceremonia, la arrojé en la modalidad bala felina. La gata dibujó un soberbio tirabuzón y luego planeó con bastante elegancia. ¡Ah, cómo surcó Malena los cielos de Caracas! Arañando el aire con ese estilo afrancesado que solo los gatos tienen. Cayó en sus cuatro patas. Cojeó durante un par de días, pero después siguió siendo la misma gata vanidosa de siempre.

Los excelentes resultados de esta prueba preparatoria, me animaron a avanzar en mi proyecto. Comencé a hacer los planos de mi paracaídas, llené varias páginas de papel cuadriculado con diversos modelos. Compré cuerditas reforzadas. Saqué del armario las sábanas que vestían mi vieja cuna y estuve una semana entera fabricando el prototipo.

Al terminarlo, no se lo mostré a mi hermano, el operador de la torre de control. Pero sí a Margarita.

Margarita tenía una forma de tratarme muy especial. Me decía: tráeme esto, tráeme aquello. O me silbaba como a Ronny, su toy poddle: fuiz fuiz, y yo iba a toda velocidad a su encuentro, porque los silbidos de Margarita eran los más hermosos silbidos del planeta.

Al ver mi prototipo, Margarita dijo:

–Mejor es el mío.
–¿Tú tienes paracaídas? –pregunté.
–Claro –me respondió –y es mejor que el tuyo.

Sentí vértigo, un agujero en el estómago. Luego me encerré en mi laboratorio (es decir, en mi habitación) e hice añicos mis planos garabateados en papel cuadriculado. Agarré mi prototipo hecho de sábanas y cuerditas y lo convertí en picadillo con una tijera colegial.

Un día, Margarita me invitó a merendar en su casa. Era una casa enorme la de Margarita, parecía un palacio, con unas cabezas de antílopes colgando de las paredes, con alfombras de piel de tigre o de oso y muchas fotos de grandes proezas familiares. Fuimos a su cuarto, que también era enorme, y allí, tirado en su cama, jugando Atari, estaba el operador de la torre de control, mi hermano.

Margarita sacó del armario una caja enorme. Me dijo: esto es para ti.

Yo abrí la caja. Había una mochila. Y dentro de la mochila un paracaídas. Un paracaídas, pero de verdad verdad.

–Wow –dije.
–¿Lo ves? Es mejor que el tuyo –dijo Margarita.

El operador de la torre de control dejó el Atari y abrió su bocota:

–¿Cuándo hacemos el lanzamiento?
–Mi papá es un verdadero paracaidista –se ufanó Margarita.
–Ah, tienes miedo –dijo el operador de la torre de control.
–Yo no tengo miedo –respondí.
–No lo molestes –terció Margarita— y luego me preguntó, en voz baja: ¿lo vas a hacer? Si lo haces te voy a dar un... y sin terminar de decir lo que iba a decir, silbó: fuiz fuiz. Entonces yo estuve a punto de ir a su encuentro y ponerme a su entera disposición. Pero a cambio apareció Ronny, el toy poodle, que aterrizó en sus piernas a una velocidad asombrosa. El maldito perro faldero se me adelantó.

Las semanas previas al lanzamiento estuve investigando y afinando cada detalle. Subí numerosas veces al tanque de agua, calculé el recorrido de punta a punta, la distancia que había del tanque al patio: unos siete metros. Reproduje mentalmente cada paso. En mi cabeza estaba todo perfectamente calculado. Debía correr con todas mis fuerzas desde la parte de atrás y al llegar al borde pegar un buen salto y abrir el paracaídas. Y una vez que pegara el salto, pum, a volar.

La noche antes estaba muy inquieto y tuve este sueño: Ronny, el maldito toy poodle, mordía el cuello de Malena, mi gata, mientras mi hermano, el operador de la torre de control, estaba tirado encima de una alfombra de piel de tigre o piel de oso, mirando al techo y entonces, de pronto, yo me desesperé. No estaba Margarita, no veía a Margarita por ninguna parte. Margarita, gritaba, Margarita...

Desperté. Vi mi reloj: eran las 3:30 de la mañana. Faltaban todavía algunas horas para el gran día.

Y aquí volvemos al comienzo de esta historia. Tarde de abril con muchas nubes. Densa, oscura. Una tarde mejor que esa, imposible. Y yo arriba del tanque de agua listo para volar. Viento moderado, cielo despejado, humedad relativa. El operador de la torre de control daba las indicaciones y también me daba ánimo:

–Dale, cagón, dale.

Margarita estaba sentada sobre la grama del patio comiendo galletas y hojeando un álbum de la Barbie. El paracaídas de su papá me quedaba realmente enorme: los arneses flojos, las correas colgando, y ese montón de tela arruchada, como derramándose a mi alrededor. Me asomé por última vez para ver a Margarita. Desde allá arriba admiré su melena media rubia, media marrón. Tuve la convicción de que junto a ella me esperaría, finalmente, algo inolvidable.

Sin embargo, en un instante de lucidez, dudé. Pensé que el sueño de la noche anterior había sido premonitorio, un mal presagio. Si Malena, mi gata, moría a manos de Ronny, eso quería decir que algo andaba mal. Muy mal. Podía haber soñado con otra cosa. Por ejemplo, con aquello que me daría Margarita después de mi exitoso salto. ¿Qué sería? ¿Un juguete? ¿Un beso? ¿Un fuiz fuiz que duraría toda una eternidad? Me reproché no haberle preguntado antes. ¿Por qué no lo hice? ¿Por miedo? ¿Por vergüenza?

–Dale, cagón, dale –escuché de parte de la torre de control. Y luego:
–Fuiz, fuiz –el cristalino silbido de Margarita.

Espanté como moscas los inoportunos pensamientos, deseché todas mis malditas dudas infundadas y entonces, ya decidido, grité:

–Allá voy.
–Dale, que se va a hacer de noche –dijo torre de control.

Respiré hondo, cerré los puños (o puñitos) para darme ánimo, y en una fracción de segundo repasé mentalmente todo mi plan. Tomé impulso, corrí desde la parte de atrás del tanque, corrí lo más rápido que pude y con el viento a favor hice pie en el borde y... salté.

Alcancé una excelente altura. Me suspendí como una pluma, como el polvo. Sentí la presión delicada del aire en mi cuerpo, el viento que susurraba suavemente en mis oídos y el aparatoso paracaídas que parecía una medusa borracha a mis espaldas. Quizás no fue el mejor paracaídas para llevar a cabo el lanzamiento, pero eso es lo de menos. Lo importante es que volé. Créanme que volé.

Y la sonrisa de Margarita brilló en todo el patio.


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jueves, 1 de febrero de 2018

Mi amigo. Cuento breve

El cuento que les presento a continuación puede verse desde varios puntos de vista, creo es una historia muy simple que presenta varias connotaciones, según como lo miremos. En todo caso, es el lector quien le da la interpretación que mejor le parezca y por eso, ahí se los dejo y me retiro despacito sin hacer mucho ruido.


Mi Amigo
De: Arturo Pérez Arteaga:.
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Esa mañana como de la nada apareció en mi patio, era pequeño y dócil y aunque parecía algo asustado, un tanto nervioso quizá, no daba indicios de estar descuidado o desnutrido.

Nuestra atracción fue inmediata, su miedo y mi soledad tuvieron sinergia, pudimos comunicarnos y nos tratamos como si nos conociéramos de toda la vida. Lo hice entrar a la casa y lo alimenté, en sus ojos se veía que era bueno, noble, incapaz de hacerme nada malo. 


Se quedó conmigo varios días que disfrutamos mucho, hasta que de pronto desapareció del mismo modo en el que había llegado. Eso me angustió porque ya me había acostumbrado a su compañía, me había domesticado. Imaginé cualquier cosa, me preparé para lo peor y cuando lo creí definitivamente perdido, volvió a aparecer súbitamente, esta vez sin miedo ni hambre pero sí con grandes dosis de cariño y apego. Mi desasosiego desapareció de inmediato y casi le reclamo antes de caer en cuenta de que sería inútil enfadarme con él.


La historia se repitió, permaneció a mi lado varios días para luego desaparecer por otros tantos. Esta situación se fue haciendo rutinaria y tuve que acostumbrarme, yo estaba seguro que un ser tan hermoso y especial debía pertenecer a alguien más, sin embargo, siempre regresaba y me deleitaba con el gusto de su presencia. 


Ayer por la tarde mientras caminaba por la calle de regreso a casa lo vi. No estaba solo, una niña hermosa lo abrazaba y le daba mucho cariño, por un instante nuestras miradas se encontraron y podría jurar que de alguna manera sus ojos intentaban explicarme la situación.

Hoy leo sentado en mi patio haciéndome el desentendido, solamente espero que esa hermosa niña se llene muy pronto de su dosis de cariño para que mi amigo de nariz fría y pancita caliente venga a compartir conmigo.

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miércoles, 31 de enero de 2018

Saldo intacto. Cuento

Luego de vivir una de esas tediosas experiencias al tener que abordar un transporte público intercomunal con toda la fauna bípeda que allí se da cita, pude escribir este pequeño cuento. Espero que les guste.


Saldo intacto
De: Arturo Pérez Arteaga:.

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Subió al autobús a cumplir su misión diaria como lo venía haciendo durante el último lustro, las fotocopias en sus manos, maltratadas y sucias, acusaban haber sido más aprovechadas de lo que podría indicar el sentido común.


El discurso con la solicitud de ayuda fue como siempre impecable, perfecto. No obstante la sorpresa no se hizo esperar cuando la primera pasajera, en lugar de darle dinero la tomó de la mano y comenzó a orarle a su dios en voz muy alta, siendo secundada por el resto de los viajeros. 


Luego de esa acción ejecutada por los excursionistas religiosos que ocupaban el autobús, a la señora del discurso gastado y las constancias amarillentas sólo le quedó agradecer y algo desconcertada bajó tan rápido como subió, obteniendo decenas de bendiciones como único saldo.


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martes, 2 de enero de 2018

Habitación 60. Cuento

Comienzo el año 2018 compartiendo con ustedes un cuento que me gusta mucho y que me ha brindado muchas satisfacciones. Espero que les guste, o al menos, que no les disguste mucho.


Habitación 60
De: Arturo Pérez Arteaga:.

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Él llegó al sitio bien temprano aquella mañana de sábado, siguiendo lo pautado la noche anterior. Se apresuró a solicitar posada y luego de tener que lidiar con el trasnochado mal humor de la encargada, se hizo de las llaves de la habitación 60. Presuroso subió las angostas escaleras y entró de inmediato al encontrar la puerta del cuarto que le correspondía en el segundo piso. En ese momento, sólo restaba esperar. El tiempo a partir de allí se hizo amodorrado y torpe, por más que miraba las agujas de su reloj éstas no querían avanzar, se lo acercó a la oreja y hasta llamó a la recepción para validar que el aparato aún funcionaba. Se tiró en la cama vestido y sin habérselo propuesto, durmió profundamente.

jueves, 21 de diciembre de 2017

¿A que sabe la navidad?. Cuento

Comparto con ustedes el cuento de navidad que escribí este año, ya casi se hace un hábito el tener uno para estas fiestas que son tan importantes para muchas personas, por muchas razones. A mi parecer, lo mas importante, mas allá de creencias religiosas, es el despertar de ese espíritu de fraternidad y amor que me gustaría durara todo el año y no sólo en estas fechas.



¿A que sabe la navidad?
Por: Arturo Pérez Arteaga

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Cuando aquella mañana decembrina, la mejor amiga de mi madre fue hasta nuestra casa de visita y nos llevó un frasco de dulce de lechosa, me invadieron de inmediato los recuerdos, me era inevitable, evocar al instante el sabor del más delicioso que he degustado en toda mi vida, el que hace mi abuelita, quien todos los años en la época navideña, se afana mucho en preparar una buena cantidad de este suculento postre para repartir a sus amigos y familiares.

Mis remembranzas me llevaron años atrás, al día en que me encontraba en su casa y la vi trajinar mucho en su cocina, tanto que hasta me sentí agotado sólo de observarla.
 
Seleccionaba las lechosas, preparaba el almíbar, lavaba los frascos y sus tapas, picaba y rallaba, en fin, ejecutaba todas las actividades asociadas para preparar el sabroso e incomparable dulce. Recuerdo que le pregunté:

- Abuelita, si la preparación del dulce te da tanto trabajo, ¿por qué lo haces? ¿no es mejor que le digas a mi papá o alguno de mis tíos que lo compren y listo?

Mi abuela, en su infinita bondad, me miró con sus ojos de miel, que una vez fueron muy brillantes adornos de un rostro juvenil, y hoy día decoran una cara surcada por las huellas del tiempo pero que sigue siendo muy hermosa, y me dijo:

- Mi niño bello, todo el trabajo que invierto en la elaboración del dulce, no es más que el reflejo del amor que le pongo a lo que hago. Además me encanta que la familia y los amigos vengan a casa al menos en la navidad, aunque sea con la excusa de buscarlo.

- ¿Y no te molesta que no vengan en todo el año sino sólo en navidad y para comer dulce?

- No hijo, yo sé que soy una vieja que no sabe mucho de nada, pero siempre creí y aún lo hago, que ese es precisamente el sentido de la navidad. Lo que nos enseñó quien celebra su cumpleaños cada 25 de Diciembre desde hace más de dos mil años, es que debemos dar con todo el amor que nos sea posible sin esperar recibir nada a cambio. Y bueno, nunca está de más que por cualquier razón una viejita solitaria como yo tenga visitas, aunque sea una vez al año. Ya es una tradición ¿no te parece?

- ¡Ay abuelita!, muchas gracias por tan bonita lección, mi regalo de este año para ti, es la promesa de que te vendré a visitar, al menos una vez por semana y así celebraremos juntos la navidad todo el año.

Sus ojos, inundados de lágrimas que no llegaron a escaparse, contrastaron con la magnífica sonrisa, predecesora del abrazo inolvidable que me dio para terminar tan significativa conversación, porque se fijó en mi memoria como una ley de vida.

Desde entonces he tratado de cumplir mi promesa y cuando en ocasiones me siento cansado, sin ganas de salir de casa, recuerdo, el afán de mi abuela, ese que pone en hacer el mejor dulce del mundo y de inmediato, el recuerdo que viene a mi memoria y endulza mi paladar, me lleva como a empellones directamente a su casa a darle un sonoro beso y un fuerte abrazo para cumplir con mi promesa, porque gracias a su enseñanza, la navidad sabe a dulce de lechosa.


-FIN-