Aclaratoria Importante

Este blog, acaba de cambiar de nombre, porque el de "Trinchera Literaria" fué cedido al colectivo de letras al cual pertenezco. No obstante los objetivos permanecen intactos, espero seguir contando con sus visitas

viernes, 14 de julio de 2017

Ciudad de incautos. Cuento



Este cuento de mi autoría apareció originalmente en la primera edición del libro electrónico "Todos nuestros pueblos son Macondo" que de forma colectiva generamos este año (2017) con motivo de la celebración de los 90 años del nacimiento de Gabriel García Márquez y los 50 años de la aparición de la novela "Cien Años de Soledad".

En la siguiente dirección pueden descargar el libro: Todos nuestros pueblos son Macondo

Dicho todo esto, espero que puedan disfrutar de este cuento que llama a la reflexión, a seguir soñando y creyendo que otro mundo es posible.
 

Ciudad de incautos

De: Arturo Pérez Arteaga
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“Usted reúne las condiciones para ser una incauta.

Si acepta, podrá unirse a los que construimos un

mundo utópico,

con ilusiones, palabras y abrazos…”

Fragmento de: “La legión de los incautos” de Laura Gamboa.


A su llegada, el lugar era igual a cualquier otro, ni mucha ni poca gente, con construcciones de todo tipo, fábricas a la entrada, zonas residenciales y comerciales bien distribuidas, carreteras en buen estado, buenas señalizaciones y en conjunto las actividades y el trajinar parecían propios de cualquier lugar anónimo y normal. Haciendo un inventario rápido y un recuento de lo transcurrido, luego de maldecir a ese GPS que al de dañarse lo empujó a esa ciudad, agradeció a su buen criterio de nunca salir de casa si no era llevando con él todo el efectivo y objetos de valor que pudiera cargar, porque como él mismo diría: “Uno nunca sabe cuanto dinero va a necesitar en cualquier lugar, además de que con ninguna otra persona estará más a salvo que conmigo mismo, ¡no señor!”.

El combustible del vehículo estaba en un nivel no tan bajo como para considerarlo un problema, pero la caída de la noche si era un tema de preocupación y por esto Rafael Machado y Mendoza, burgués de alta alcurnia, poderoso empresario y dueño de la mitad de su país, procuró enseguida ubicar un lugar donde descansar, al menos hasta el día siguiente, cuando, a la luz de un nuevo día, podría retomar su rumbo a disfrutar de su semana anual de vacaciones, que era lo único que le permitía su ritmo de trabajo, cosa de lo que se sentía orgulloso porque el mismo se autodenominaba “una máquina de hacer dinero, mucho dinero”.

Como es costumbre de los hombres, y Rafael no es la excepción a esta regla, prefirió al principio no preguntar, decidió rodar un poco para conocer, seguro que pronto vería el letrero de algún hotel o posada que: “cumpla con el principio de las tres B’s: Bueno, Bonito y sobre todo BARATO!, porque a mi el dinero nadie me lo regala” se decía en el monólogo que tenía dentro del vehículo. De inmediato, cayó en cuenta de que si seguía rodando sin sentido, pronto gastaría mas combustible del deseado, lo que redundaría en una erogación adicional no planificada y esta consideración lo llevó a detenerse y pedir ayuda:

-       Disculpe, caballero  -hay que decirle caballero a cualquier pendejo para que lo atiendan bien a uno- sería tan amable de indicarme donde puedo encontrar un hotel que sea bueno, pero que no sea muy costoso.

-       Claro que si mi amigo, a dos cuadras, en la misma dirección que lleva, puede cruzar a la derecha y allí encontrará una variedad de hoteles para diferentes gustos y a diferentes precios.

-       Caramba, que cerca estaba – Rafael se reprochó internamente el tener que preguntar cuando en verdad pudo verlo él mismo, porque hasta para eso era tacaño – mil gracias caballero, no sabría cómo pagarle.

-       Bueno, un abrazo no estaría mal.

El lugareño terminó la frase con una sonrisa muy pícara que llamó la atención de Rafael: “Un abrazo, este si será payaso, espero que no todos en la ciudad sean así”.

Al cubrir el trayecto indicado y con una precisión milimétrica allí estaba lo que Rafael bautizó de inmediato como la “Calle de los Hoteles” por la cantidad y variedad de opciones que se presentaban. Decidió estacionar allí su vehículo, cerrarlo con los 7 sistemas de seguridad de los que disponía y caminar un poco para evaluar el mercado, el ejercicio le vendría bien, ahorrando además combustible. Se dirigió al primer hotel, todo el mundo en la calle lo saludaba con mucha familiaridad, tanta que lo único que les faltaba era decir su nombre de pila. El saludo que llamó mas su atención fue el de un transeúnte que le preguntó “¿como está usted?” y lo siguió varios pasos hasta que Rafael  respondió y de inmediato pensó: “como si a este pendejo de verdad le interesara como coño estoy yo”.

Quizá para no llamar la atención o quizá para que no lo siguieran saludando de forma tan extraña, confió en la discreción de los empleados hoteleros, se deslizaba en el lobby y disimuladamente verificaba la lista de precios de las habitaciones, que para su suerte, estaban bien exhibidas en las diferentes recepciones y fue allí donde encontró algo peculiarmente extraño, los importes carecían de una moneda que los identificara, al lado del monto según el tipo de habitación aparecía el símbolo “{}”. Un ejemplo de una lista de precios a las que nos referimos se leería así:

* Habitación sencilla                 5 {}     la noche.

* Habitación doble                  10 {}    la noche.

* Habitación Matrimonial         12 {}    la noche.

En base a esto en el primer hotel pensó: “Estos pendejos imprimieron mal la lista de precios, olvidaron poner entre las llaves la moneda”, pero al notar la misma situación en otros hoteles pensó: “será que aquí todos son pendejos, brutos o subnormales o es que esa es una moneda que yo no conozco… no puede ser, yo he realizado transacciones en Euros, Rublos, Yenes, Dólares, Bolívares y hasta en Sucres… debe ser un error… será que la empresa que imprime la lista de precios es la misma y cometió el mismo error con todos… pero… nadie se dio cuenta… que locura… será… será… será”. En ese proceso mental se encontraba Rafael, caminaba muy distraído, pensaba en el tema cuando atravesó la calle sin mirar y un autobús que venía lo arrolló, cayó al pavimento cuan largo es, golpeó su cabeza contra éste y perdió la conciencia de inmediato.



Su despertar fue tan repentino como el golpe que lo llevó a la inconciencia y de no haber sido por la intensa luz blanca que lo rodeaba, Rafael habría creído que estaba saliendo de un sueño algo absurdo, aunque en verdad todo estaba por comenzar. Miró fijamente la lámpara que pendía del techo de la habitación, la cual lo cegó por unos segundos e hizo que instintivamente llevara su mano a los ojos para frotarlos, una vez adaptadas sus pupilas, recorrió con la mirada la habitación donde se encontraba, todo muy pulcro y ordenado, sin temor a equivocarse se encontraba en una clínica u hospital. Intentó moverse y sintió un muy fuerte dolor en la parte posterior de su cabeza, lo que le hizo emitir un breve pero sentido quejido. En eso estaba cuando alguien, una enfermera, se asomó a la puerta de la habitación y dijo para ser escuchada en el pasillo: “ya nuestro bello durmiente está despertando” y le dirigió a Rafael una gran sonrisa.

-       Por fin despertó, ¿Cómo se siente? – lo interpeló la enfermera con mucho cariño-.

-       Hummm. ¿Dónde estoy? ¿Quién es usted? – Rafael aún estaba algo aturdido por el golpe - .

-       Mi nombre es Laura y soy una de las enfermeras encargadas de su cuidado. No me ha respondido como se siente.

-       Me duele la cabeza –respondió Rafael- para de inmediato tomar conciencia de que no tenía puesta su ropa, sino un atuendo típico de pacientes de hospital y de inmediato se preocupó por sus pertenencias, ropa, billetera, llaves y todo lo demás.

Laura, parecía leer sus pensamientos, le señaló en dirección de un closet que se encontraba en la habitación y respondió:

-       No se preocupe Sr. Rafael, sus pertenencias están a buen resguardo, le doy mi palabra de que nada  faltará.

-       ¿Y como sabe…? Bueno es lógico porque… - Rafael aunque algo lento ya comenzaba a razonar correctamente y pensó: “me da su palabra, como si eso valiera del algo”.

-       Fue muy duro el golpe que se dio al ser arrollado por el autobús, afortunadamente no tiene lesiones graves, solo algunos golpes y moretones de los cuales el de mayor cuidado fue el de la cabeza, pero no se preocupe, ya le hicimos una tomografía, varios electroencefalogramas y radiografías y salvo el golpe no tiene lesión alguna. Tiene usted una cabeza muy dura.

-       Todos esos estudios, por Dios, seguro que no hacían falta, ¿a quien le consultaron para hacer todo eso?, quizá no tengo con que pagarles.

-       No conseguimos entre sus pertenencias ninguna persona de contacto por eso no avisamos a nadie y desde luego que hacían falta los estudios para descartar cualquier lesión de gravedad. Y por el costo no se preocupe, no pasará de unos cuantos abrazos.

Rafael la miró fijamente y de inmediato le vino el recuerdo del señor que le había dado la dirección de los hoteles y respondió:

-       Abrazos, que fijación tienen ustedes con los benditos abrazos.

Laura le miró dulcemente con los ojos llenos de compasión y le dijo:

-       Descanse un rato mas Sr. Rafael para que recupere sus fuerzas, ya tendremos tiempo de hablar de todo, incluyendo los abrazos. Mientras tanto llamaré al médico de guardia y prepararé todo para darlo de alta.

Rafael, como hipnotizado por las dulces palabras, cerró los ojos, se relajó y de inmediato se durmió como un niñito obediente.

Cuando Laura volvió a la habitación ya Rafael se había levantado, arreglado y hecho el inventario detallado de sus objetos personales, en efecto nada le faltaba, sólo lo inquietaba su vehículo que estaba estacionado en la calle de los hoteles cuando ocurrió el accidente, pero le alegraba saber que con todos los sistemas de seguridad que tenía era prácticamente imposible abrirlo sin su ayuda.

-       Que bueno verlo ya levantado Sr. Rafael, ¿le duele la cabeza? ¿experimentó algún mareo al levantarse? Me hubiese esperado para no correr riesgos.

-       No se preocupe señorita, es usted muy amable, tengo un pequeño dolor donde recibí el golpe, pero me imagino que es normal. Por favor dígame, ¿cuanto tiempo estuve inconsciente?.

-       Tres días.

-       ¿Queee? No puede ser, yo tengo muchas cosas que hacer y ahora, ¿Cómo voy a recuperar el tiempo perdido?, por favor, entrégueme la cuenta de inmediato, no tengo tiempo que perder, ahhh y no se me vaya a poner creativa con ese pocotón de exámenes que me hicieron sin mi consentimiento, mire que mi abogado es un águila a la hora de demandar a cualquiera.

Laura rió sonoramente ante las expresiones de Rafael y le dijo:

-       Tómeselo con calma, recuerde que ya está de alta pero debe cuidarse, de hecho las indicaciones médicas recomiendan que no viaje aún, que pase aquí unos días mientras se recupera totalmente. Así aprovecha y conoce nuestra ciudad. ¿No le parece?

Rafael no estaba muy convencido, su ceño fruncido así lo demostraba pero Laura prosiguió:

-       Con respecto a la cuenta, ya la verifiqué y nos debe usted 45 abrazos, distribuidos entre las enfermeras, los médicos, los laboratoristas y los técnicos que operaron los equipos. Pero por ser usted nuevo en la ciudad, el resto del equipo consintió que nos diera todos los abrazos a nosotras, las enfermeras a fin de que no tenga que caminar tanto.

La seriedad de Laura no daba pié a pensar que le estuviera tomando el pelo, no obstante, Rafael no podía creer lo que escuchaba y preguntó como un autómata:

-       ¿Cómo?

-       Nos debe usted 45 abrazos.

-       Ya sé, ya sé. La escuché bien la primera vez, pero es que no alcanzo a comprender. Eso del abrazo ¿es algún tipo de moneda local utilizada por ustedes?.

-       No Sr. Rafael, un abrazo es un abrazo… Venga y le explico.

Cuando Laura se acercó, Rafael la rechazó de inmediato con sus manos, no porque ella fuera desagradable, sino porque había perdido desde hace mucho tiempo la costumbre del contacto físico con otros seres humanos, le parecía repulsivo el hecho en sí, además, obviamente le molestaba mucho que le quisieran ver la cara de pendejo.

-       O sea, ¿yo no tengo que pagar nada?.

-       Sí, son 45 abra…

-       Abrazos ya sé… Dios donde me vine a meter, eso quiere decir que esta es una institución pública y por eso no debo pagar, ¿es eso?

-       Sí y no, es una institución pública pero la deuda es la deuda y debe ser cancelada, ¿acaso necesita una rebaja?. En esta ciudad, todo se compra y se vende con abrazos, ¿no lo sabía usted?

-       ¿Queeee? Pues allí si se equivoca usted señorita, yo vi muy claro que en los hoteles que visité una tabla con los precios de las habitaciones.

-       ¿En serio? ¿y en que moneda estaban reflejados?

-       Bueno, el símbolo era así – Rafael alcanzó a dibujar con el dedo sobre la pared el símbolo “{}”- y me imaginé que se trataba de algún error u omisión.

-       No hay ningún error Sr. Rafael, ese es el símbolo que adoptamos para representar el abrazo, usted sabe, por aquello de abreviar las palabras.

-       Déjeme ver si entiendo – dijo Rafael con cada vez mas incredulidad, al punto que casi llegó al sarcasmo, pero se aguantó – en esta ciudad ¡TODO se compra y se vende con abrazos!, es decir no tienen monedas para el intercambio comercial o algún tipo de trueque.

-       Así es sólo abrazos.

-       Ahhh ok, haberlo dicho antes, por favor déjeme sólo para arreglarme mejor y luego saldré a buscarla a usted y sus compañeras para saldar mi deuda y que me den mi factura.

-       Muy bien, no se preocupe, tómese su tiempo, estaremos en la sala de enfermeras esperando por usted, por la factura no se preocupe con la palabra empeñada basta.

No muy bien Laura había salido de la habitación, Rafael tomó sus objetos personales y los metió rápidamente en sus bolsillos, a pesar de que aún le dolía la cabeza y los golpes del cuerpo, entendió que debía salir de inmediato de aquel lugar, vio claro que debía estar en alguna institución mental, de esas en la que el personal que labora está mas loco que los propios confinados. No lo pensó mucho, se asomó al pasillo, apenas vio la silueta de Laura desaparecer por el largo corredor y salió caminando lo más rápido que pudo en la dirección contraria, para no levantar sospechas, pidiendo a su buena fortuna poder encontrar una vía de escape y así fue, divisó una puerta que decía “Escaleras de Emergencia”, la atravesó y bajó corriendo, pudo salir del hospital sin ningún tipo de problemas: “De la que me salvé”, pensaba.



Una vez en la calle, trató de ordenar sus ideas, caminó hacia un café que se encontraba al otro lado de la calle, allí se detuvo, se sentó en una mesa al aire libre lo mas apartado posible de la vista del hospital, necesitaba pensar sobre lo que ocurría, será que se estaba volviendo loco. Mientras permanecía en ese trance, el mesonero se  acercó y con una fraternal sonrisa preguntó si quería que le sirviera algo, Rafael negó con la cabeza rápidamente, pero cuando ya se retiraba el mesonero, le pidió que le entregara la carta y éste accedió.

Al revisar la carta pudo corroborar lo ya observado en los hoteles y discutido con la “loca” enfermera, al lado de las cantidades aparecía indefectiblemente el símbolo “{}”.

“Debo salir de este manicomio colectivo”, pensó, “o será que al notar que soy un forastero me están jugando una broma, como en esos programas de cámara oculta, pues vamos a ver”. Ordenó sus ideas, trató de ignorar los dolores que aún lo aquejaban y armó un plan mentalmente, lo mejor que pudo dada su condición de convalecencia.

-       Mesonero, por favor me trae un capuchino grande y un agua mineral en botella plástica.

-       Muy bien, por favor disculpe, pero el agua mineral viene en botella de vidrio retornable, ¿está de acuerdo con que se la traiga de todas maneras?

-        ¿Y eso por qué?

-       Porque el plástico donde viene el agua mineral es altamente contaminante y tarda muchos siglos en ser procesado por la madre tierra, por eso, en esta ciudad no encontrará ese tipo de plásticos.

-       ¿Me está diciendo que no venden esa agua sólo porque el plástico contamina?

-       Así es señor. ¿Algún problema?

-       No, ninguno. Y en serio ¿en ninguna otra parte de la ciudad la venden?

-       Exactamente tal como le comenté.

-       Y… ¿Cómo hacen con las bolsas plásticas y los envases desechables?

-       En general, todo el material que utilizamos debe ser en la medida de lo posible biodegradable y en el peor de los casos totalmente reciclable con el fin de que el impacto al medio ambiente sea el menor posible. Usted sabe, debemos cuidar a la Pacha Mama.

-       ¿A quien?.

-       A la madre tierra pues.

-       Interesante, bueno, traiga por favor el café y el agua que le pedí.

“Definitivamente esta gente está loca de atar, o son muy buenos actores, hasta el mesonero me dio una clase de reciclaje y de un idioma extranjero extraño con eso de pancha nana o algo así”.

Tomó su café lentamente a sorbos cortos, mientras trató de observar  todo cuanto le rodeaba y vio como la gente se acercaba y de inmediato, zas se abrazaba, como si de dos imanes se tratara. Una pareja que estaba en una mesa cercana a la de él pidió la cuenta, el mesonero muy diligentemente se la llevó, se levantaron y ambos abrazaron al mesonero como si fuesen familiares o grandes amigos para luego dirigirse dentro del local y repetir la operación con los señores que estaban detrás de la barra sirviendo los cafés, hecho esto partieron ambos con una sonrisa en los labios. Rafael no atinó a ver que nadie se llevara la mano al bolsillo o a la cartera para desembolsar dinero alguno y siguió pendiente. El procedimiento se repitió casi exactamente a medida que la gente salía del establecimiento sólo variando en la cantidad de abrazos compartidos entre una y otra persona.

Rafael, que no estaba dispuesto a participar de ese extraño espectáculo o no se contagiaría de esa locura colectiva, cayó en cuenta que si se iba sin pagar sería catalogado de ladrón y lo menos que podía permitirse era caer en la cárcel de un lugar tan desquiciado. Tomó de su billetera la cantidad de dinero equivalente al número que aparecía en la cuenta y lo colocó debajo de la taza de café. Luego aprovechó que el mesonero estaba lejos y de espaldas, para levantarse y salir de allí lo más rápido posible. Una vez doblada una esquina pudo disminuir el paso  y siguió observando el comportamiento de los lugareños. Se encontró con un supermercado y cuando estaba dispuesto a entrar una mano lo sujetó por el hombro desde atrás. Rafael palideció al ver al mesero que jadeando por el cansancio de la carrera le habló:

-       Disculpe señor, pero olvidó esto –y le extendió los billetes que Rafael había dejado debajo de la taza-

-       Es que… es que…

-       No se preocupe por el pago, entendemos que usted nos está visitando de otro lado, pero tome por favor este papel que para usted debe ser de alguna utilidad –dijo el mesonero refiriéndose a los billetes-

-       Está bien – Rafael los tomó y de inmediato, en un acto casi reflejo empujó al sorprendido mesonero y entró rápidamente al supermercado-.

Una vez dentro caminó rápido para perder al posible perseguidor, pero notó al voltear que el joven se quedó fuera del establecimiento, giró sobre sus talones y deshizo el camino andado para alcanzarlo. Rafael tomó un carrito y se dedicó a pasear por los pasillos del establecimiento notó todo normal, entonces se dirigió a las cajas simulando leer unas revistas y pudo constatar un espectáculo extrañísimo, la gente llegaba con los artículos, la cajera los verificaba, les daba el monto y de inmediato comenzaba la ceremonia de los abrazos, uno detrás del otro y luego la gente salía con sus paquetes de “compras” a la calle como si nada. Sólo esto le bastó a Rafael para salir de allí.

Preguntó a una señora donde ubicar la calle de los hoteles, y ella muy diligente, como todo el mundo en aquel loco lugar, le dio las indicaciones y Rafael sin siquiera dar las gracias por miedo a que le cobraran se puso en marcha.

Al llegar al vehículo notó que todo estaba en orden, tal cual como lo había dejado, lo abordó de inmediato, lo encendió y arrancó a manejar con la firme intención de salir de allí, pero, pobre de él, recordó que el vehículo necesitaba gasolina, no obstante la suerte le sonreía porque pudo divisar a corta distancia una estación de combustible y sin pensarlo dos veces se dirigió hacia ella. Notó en la estación cuatro surtidores, dos de los cuales tenían una cola considerable de carros y los otros dos estaban totalmente vacíos y pensó que debían estar fuera de servicio por lo que se apresuró a hacer la cola como todos los demás. Uno de los encargados se le acercó, quizá por su pinta de forastero, preguntó amablemente:

-       Señor, disculpe, ¿va a usted a poner gasolina?

-       Desde luego.

-       Entonces los surtidores son aquellos –lo dijo señalando los que estaban solos-.

-       Pensé que estarían fuera de servicio y dígame, estos surtidores que tienen.

-       Esos son de gas natural.

-       ¿Gas natural? De donde yo vengo esos son muy escasos, imagino que esta es la única estación de la ciudad que lo surte y por eso la cola.

-       Al contrario señor, somos los únicos que surtimos gasolina para gente como usted que nos visita de otros lugares. Aquí todos los vehículos funcionan a gas porque es mucho menos contaminante tanto para los seres humanos y desde luego para la Pacha Mama.

-       Otra vez el idioma raro.

-       Perdón.

-       No se preocupe, sólo llene el tanque.

Mientras el encargado hacía lo suyo, Rafael se armó de valor, bajó del vehículo y comenzó a interrogarlo:

-       ¿Aquí también debo pagar con abrazos?

-       Desde luego, no existe otra manera, ¿acaso de donde usted viene no es así?

-       Le sorprendería saber la respuesta. Si todo se paga con abrazos ¿en que sustentan su manera de vivir?

-       Pues verá, no soy economista ni político, pero nuestra filosofía de vida es muy sencilla, tratamos en lo posible de vivir en armonía con nuestro ambiente y con el resto del mundo que nos rodea para mantener el equilibrio que tanto necesita la Pacha Mama, basados en principios de solidaridad, justicia y paz.

En encargado notó la extrañeza de Rafael con el término y le aclaró:

-       La Pacha Mama es nuestra madre tierra. Por ejemplo, sólo matamos los animales que necesitamos para comer. Aquí no existe la cacería por diversión o para satisfacer caprichos de moda o lujos extraños. Cuando talamos árboles, porque necesitamos la madera, sembramos cantidades en proporción de 1:10 a fin de garantizar que el equilibrio ecológico no se afecte, la tecnología que desarrollamos, la hacemos con la finalidad de hacer nuestra vida más fácil pero sin propuestas consumistas o invasivas y con los abrazos descubrimos que somos muy felices, porque aunque usted lo crea así, no somos estúpidos, lo que ocurre es que descubrimos que el poder de un abrazo sincero puede curar enfermedades, alivia el estrés, acerca a las personas en términos afectivos y mantiene a la gente con una buena actitud ante la vida.

Rafael estaba atónito con la explicación y miraba a su interlocutor fijamente tratando de no perderse nada.

-       Fíjese, aquí hace muchos años, no hay ladrones ni violencia, no hay suicidios, drogas ni prostitución y desde luego, ya no tenemos policía, porque no nos hace falta ningún tipo de organismo represivo, cada uno de nosotros conoce las leyes, sus deberes y derechos y los respeta sin problema alguno.

-       Y si alguien quebranta alguna ley.

-       Conversamos y le explicamos lo que hizo y debe pagar la multa correspondiente.

-       ¿¡En Abrazos!?

-       Exactamente, veo que ya entendió – la sonrisa del encargado era indescriptible -.

El tanque de gasolina se había llenado hace rato, pero los interlocutores no le habían prestado atención. Rafael, instintivamente buscó su billetera, miró al encargado y cayó en cuenta:

-       ¿Cuántos abrazos le debo?

-       Por la gasolina uno. La propina corre por su cuenta.

Rafael quien hacía muchos años había perdido la costumbre de establecer contacto físico con nadie, primero se sintió extraño, se acercó al encargado como en cámara lenta y de manera mucho más lenta fue abriendo los brazos, sin pensarlo más, se  le abalanzo como un chiquillo a aquel señor, lo apretó con mucha fuerza y lo levantó. Cuando lo soltó corría por la mejilla de Rafael una lágrima furtiva que desapareció rápidamente. Luego Rafael corrió hacia los surtidores de gas natural y repitió el abrazo con los expendedores allí y con los conductores de los vehículos que estaban de pie en ese momento, abrazó a todo el mundo. Volvió a su vehículo, volvió a abrazar al encargado, estaba frenético, casi enajenado y cuando por fin volvió en sí, subió tras el volante y el encargado le obsequió un mapa de la ciudad y la región para que pudiera orientarse en el camino de regreso a casa.

La cara de Rafael era un poema, porque exhibía una gran sonrisa, como de comercial de crema dental y de alguna manera sabía que no la podría borrar. Puso en marcha el motor del vehículo y justo antes de arrancar con los ojos inundados de lágrimas, bajó la ventanilla y le dijo al encargado:

-       Gracias buen amigo por todo.

-       No, gracias a usted por la excelente propina.

-       Ahhhh lo olvidaba, ¿Cómo se llama esta ciudad?

El empleado con una sonrisa de satisfacción le respondió:

-       Utopía, se llama Ciudad Utopía.

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